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Fases de la elaboración
de la almadía
El trabajo de la preparación de la almadía empieza
en el bosque con la tala del árbol. Batido el árbol
hay que destajarlo, cortando primero las ramas que apuntan
hacia arriba y después las de abajo, que ejercen de
soporte.
Una vez destajado se estudian las diversas posiciones para
ser tronzado o dividido correctamente en varios maderos que
oscilan entre 4 y 6,40 metros.
Atendiendo
a su longitud pueden denominarse como decén (de cinco
varas), docén (de seis varas), catorcén (de
siete varas) y secén (de ocho varas), según
su longitud, una vara equivale a 0,80 metros. Los de medidas
superiores se denominan aguilones (8 metros) y velas (de 8
a 12 metros).
Una vez destajado y tronzado se procede a escuadrar el tronco
que debe estar bien asentado, operación nada fácil
debido a la inclinación del suelo.
Se marca el tronco con un cordel impregnado en carbonilla
y se extiende a lo largo del tronco, en uno y otro costado;
de esta forma queda preparado el tronco para ser tallado o
labrado a escuadra, tarea reservada a los más expertos
de la cuadrilla.
Terminada la tarea por los dos primeros lados del tronco se
da la vuelta a este para repetir la misma operación
por los otros dos lados.
Una vez preparados los troncos hay que sacarlos del bosque:
bien pueden deslizarse monte abajo aprovechando la fuerza
del agua de los barrancos, modalidad del barranqueo, o bien
es necesario optar por una solución más lenta,
la tracción por medio de machos o mulas.
Es
necesario equipar a los machos con un grueso collarón
de cuero del que parten unas cadenas que mediante cabos se
enganchan al madero por los clavillotes o bien taladrando
el tronco con una barrena y pasando un cabo por el agujero.
De esta forma se traslada la madera hasta la orilla del río,
hasta el atadero, lugar donde se arman las almadías.
Para armar la almadía en el atadero, hay que taladrar
los troncos en los extremos con la barrena, para así
poderlos unir entre ellos por medio de jarcias vegetales (vergas
de avellano, mimbre silvestre, etc.), formando tramos de entre
cuatro y cinco metros. Este es un trabajo delicado ya que
se debe conseguir que la almadía tenga una buena estabilidad.
Una vez preparados los tramos se deslizan al río (aguada)
en donde se ensamblan cuatro o cinco y hasta siete según
el grosor de la madera.
Ensamblada la almadía se dota del "ropero",
lugar elevado del que se cuelga la ropa y las alforjas con
viandas para que no se mojen en el recorrido por los ríos.
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La almadía es una balsa formada por
varios tramos de maderos de idéntica longitud amarrados
entre sí mediante jarcias vegetales (vergas de avellano,
mimbre silvestre, etc.), con remos en la punta y en la zaga
cuya misión es dirigir o conducir la balsa por el cauce
del río.
En los valles pirenaicos navarros, Roncal, Salazar y Aézcoa,
nos encontramos que el aprovechamiento de los bosques ha sido
desde tiempos inmemorables la principal fuente de ingresos
y sus ríos la forma de transportar la madera hasta
los lugares donde podía ser vendida para su transformación.
Esta madera era transportada formando lo que llamamos ALMADÍAS.
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La vida de la almadiero
Los inviernos en nuestros valles solían ser duros,
con permanentes nevadas. Estos días de invierno eran
los más descansados aunque nunca faltaban quehaceres
en casa: partir leña, poner mangos a hachas y azadas
etc. Cuando el río presentaba el caudal adecuado era
momento de almadiar, emprender la marcha. La almadía
bogaba ya río abajo. Había comenzado un viaje
como tantos y, a la vez, nuevo y distinto. ¡Todo el
mundo ojo avizor, porque tras cualquier recodo podían
acechar el riesgo y el peligro!
Al almadiar era imposible evitar mojarse, agua a la rodilla
o "al culo" era lo normal en los viajes más
tranquilos y apacibles. Uno de los puntos considerado como de
primera categoría por su dificultad y riesgo era la presa
de Burgui, pero no era el único, cabe destacar la dificultad
al atravesar Roncal, Sigües, las foces de Usún,
Lumbier y Arbayún, y numerosas presas que atravesaban
en su recorrido.
No siempre salían las cosas a pedir de boca y se originaban
percances, leves algunos y graves otros, donde no pocos almadieros
perdieron la vida. Merecen una reconocida mención aquellas
mujeres que quedaban al cargo de las labores domésticas,
agrícolas (en el tajo de siega, en la era, en la huerta
o en el soto), siempre acarreando como hormigas. |
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